El espejismo del “amor propio”: cuando el mantra se vuelve excusa.



@EddyTimaure

En los últimos años, el “amor propio” ha sido elevado a categoría de mantra. La frase circula en redes sociales, en charlas de autoayuda y en frases motivacionales como una fórmula mágica para resolver cualquier conflicto interno o externo. “Ámate a ti mismo”, “ponte como prioridad”, “no le debes nada a nadie, solo a ti mismo”. A primera vista, pareciera un recordatorio sano: cuidar de uno mismo, reconocerse valioso, poner límites. Sin embargo, este lema convertido en cliché se ha distorsionado hasta volverse, en muchos casos, una barrera emocional y un justificativo para la indiferencia.
El amor propio, entendido en su sentido más profundo, debería ser una cualidad que nos permite reconocernos como seres dignos, con necesidades legítimas y con derecho a la plenitud. Pero en la práctica actual, se ha transformado en una coartada para blindarse frente al dolor, frente al compromiso con los demás, frente a la empatía misma. Muchos lo utilizan para evitar sentir, para esquivar conversaciones incómodas o para justificar la distancia emocional: “no te hablo más porque me quiero”, “no ayudo porque debo priorizarme”, “me alejo porque me amo”.
Lo que empieza como una invitación a la autoestima termina convertido en una ideología de la desconexión, donde el otro queda relegado al papel de amenaza o estorbo. Bajo esa lógica, la compasión y la solidaridad se ven como cargas, cuando en realidad son expresiones fundamentales de nuestra humanidad.
Conviene recordar algo elemental: somos seres biológicos, psicológicos y sociales. Nuestra identidad no se construye en soledad sino en relación con los demás. Pretender que el amor propio significa cerrarse a los vínculos, blindarse del dolor o justificar la ausencia de empatía es desnaturalizarlo. Porque el amor genuino hacia uno mismo no se opone al amor hacia los demás; más bien, se nutre en la interdependencia y se fortalece en la reciprocidad.
Lo que hoy se proclama como amor propio muchas veces es, en realidad, individualismo maquillado. Una sociedad que repite sin cesar “quiérete primero” mientras desatiende a sus vecinos, normaliza el abandono y convierte la indiferencia en virtud. Así, terminamos edificando un mundo más fragmentado, más solitario, más desconfiado, donde la prioridad absoluta es “yo” y los demás quedan a la intemperie.
Reivindicar el amor propio, sí, pero no como excusa. Que no sea el disfraz con el que justificamos nuestra frialdad, ni el mantra con el que validamos la falta de compasión. El verdadero amor propio se expresa también en el cuidado del otro, en la empatía, en la conciencia de que lo que ocurre a nuestro alrededor inevitablemente nos afecta.
Tal vez sea hora de desmontar este cliché y recuperar su sentido más humano: un amor propio que no aísla, sino que conecta; que no separa, sino que integra; que no se reduce a una consigna de moda, sino que nos invita a ser personas completas, capaces de cuidarse a sí mismas sin dejar de cuidar a los demás.

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