Orgullo Tigrero y Legado de Buddy Bailey.
@EddyTimaure
Recuerdo que era apenas un niño, en esos días de primaria cuando los recreos se mezclaban con las primeras pasiones, cuando nació en mí un amor que aún hoy late con la misma fuerza: el béisbol, y en especial, los Tigres de Aragua. No fue fácil ser fanático de los Tigres en aquellos tiempos. Mientras Magallanes y Caracas disputaban la gloria, la voz de quienes decíamos con orgullo "soy de los Tigres" se perdía entre burlas y silencios. Sin embargo, ahí estaba yo, aferrado a mis primeras memorias de nombres inolvidables como David Concepción, Faustino Zavala, Enos Cabell o Adrian Garret, soñando con que algún día los Tigres también serían grandes.
El béisbol, como la vida, está hecho de esperanzas y de fidelidades. Y aquella lealtad, que parecía destinada a soportar derrotas y silencios, encontró su recompensa en los albores del nuevo milenio, cuando un hombre llegó a transformar la historia del equipo y el corazón de su gente: Buddy Bailey.
Buddy no solo armó un equipo ganador; construyó una familia. Más que estrellas, reunió hombres que supieron jugar como uno solo, con coraje y compromiso. De su mano nació la dinastía tigrera, la que levantó siete coronas en una década. Incluso en la temporada 2002-2003, cuando el paro petrolero impidió la culminación del campeonato, los Tigres lideraban la tabla de posiciones y todo apuntaba a que esa corona, injustamente interrumpida, también habría sido suya.
Fue el tiempo en el que decir “soy de los Tigres” dejó de ser un acto de fe solitaria para convertirse en un grito de orgullo. Recuerdo cómo dos de mis hijos, herederos de mi pasión, se hicieron también fanáticos en ese momento exacto en el que la camiseta rayada se vestía de gloria. No hay mayor regalo para un padre que ver a sus hijos vivir con entusiasmo la pasión que uno sembró en ellos. Verlos celebrar en el José Pérez Colmenares o en cualquier otro estadio del país fue, para mí, como revivir la ilusión de aquel niño que soñaba con un equipo grande.
Hoy, cuando Buddy Bailey ya no está, el corazón se llena de nostalgia. Se fue el importado que se volvió maracayero, el estratega que rescató el espíritu tigrero y lo elevó a lo más alto del béisbol venezolano. Su legado no se mide solo en campeonatos, sino en la manera en que hizo vibrar a una fanaticada y en cómo transformó nuestra identidad: ser de los Tigres ya no era un motivo de burla, sino una bandera de orgullo.
Paz a su alma y consuelo a su familia. Nosotros, los fanáticos, lo recordaremos siempre con gratitud. Gracias, Buddy, por habernos hecho soñar, por devolvernos la alegría y por haberte convertido en uno de los grandes managers que ha tenido nuestro béisbol.
Y aunque hoy la dinastía parece un recuerdo, guardamos la esperanza de que los Tigres de Aragua vuelvan a levantar su espíritu vencedor, siempre que exista una gerencia capaz de poner por encima de cualquier interés particular el verdadero interés: el béisbol profesional venezolano y la grandeza eterna de los Tigres de Aragua.



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