La fe no alcanzó: el nuevo fracaso de la vinotinto y el sueño mundialista postergado.
@EddyTimaure
El cierre de las eliminatorias sudamericanas dejó para Venezuela una amarga sensación de déjà vu: la oportunidad de, al menos, alcanzar el repechaje se esfumó una vez más. La derrota frente a Colombia terminó de sellar el destino de una Vinotinto que, a pesar de los esfuerzos y de un proceso que había ilusionado a muchos, volvió a quedar al margen del sueño mundialista. La paradoja se acentúa al ver cómo Bolivia, que se encontraba debajo de ella en la clasificación, logró vencer a Brasil en La Paz, demostrando que en el fútbol siempre puede haber espacio para la sorpresa. Esa victoria boliviana, en contraste con la caída venezolana, subrayó todavía más la frustración de un país que sigue siendo el único de Sudamérica que nunca ha disputado un Mundial de Fútbol.
Durante años, una frase se convirtió en consigna nacional: “mano, tengo fe”. Era más que un lema deportivo; era un refugio emocional, un modo de sostener la esperanza frente a los golpes de la realidad. Sin embargo, la fe, que tantas veces parecía suficiente para sostener la ilusión, esta vez tampoco alcanzó. Hoy quedó demostrado, con dolor, que creer no basta cuando el fútbol exige constancia, estructura, inversión y visión a largo plazo.
Lo que agrava el desencanto es que esta vez la Vinotinto contaba con una generación de jugadores consolidados en distintos clubes internacionales, muchos de ellos figuras en ligas competitivas, capaces de soñar con un salto de calidad real. Pero, pese a ese talento disperso, el equipo nunca logró amalgamarse de la mano de un entrenador que condujo el proceso durante más de dos años. La selección arrancó con ímpetu, levantando expectativas y sumando puntos que parecían marcar el camino correcto, pero terminó diluyéndose cuando más se necesitaba firmeza. El sueño, una vez más, se evaporó en la recta final.
La derrota no es únicamente deportiva: es un espejo de un país cargado de frustraciones, que ha aprendido a depositar sus anhelos en pequeños destellos de esperanza. Cada intento fallido de clasificar al Mundial no se vive solo como un traspié futbolístico, sino como una metáfora de promesas incumplidas y sueños postergados. Por eso duele tanto: porque el fútbol se convierte en ese escenario simbólico donde Venezuela quiere demostrar que sí puede, que sí está a la altura, que sí merece un lugar en la mesa grande.
Hoy queda pendiente nuevamente esa alegría, la de ver a la Vinotinto en un Mundial, del mismo modo en que queda pendiente la alegría mayor que anhela la inmensa mayoría: la de ver a Venezuela salir de la profunda crisis en la que sigue sumergida. Y quizá por eso el golpe de esta eliminación cala más hondo: porque para millones de venezolanos el fútbol no era solo un sueño deportivo, sino un alivio emocional, un respiro en medio de tantas heridas abiertas.



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