Ciudadanos o Cómplices: La Urgencia de Recuperar la Coherencia y la Humanidad.
@EddyTimaure
La ausencia de una formación política e ideológica sólida en amplios sectores de la sociedad se traduce en un fenómeno cada vez más evidente: los respaldos y los cuestionamientos hacia los gobiernos no suelen sustentarse en análisis de fondo sobre programas, resultados o coherencia, sino en afinidades emocionales, simpatías o lealtades militantes. Lo que debería ser un ejercicio crítico y racional se convierte en un juego de bandos, donde lo que importa no es la defensa de principios, sino el color de la camiseta.
Esto no significa que la militancia partidista sea en sí misma un problema. Lo verdaderamente grave es que, aun militando en un partido, no seamos capaces de ejercer con autonomía la defensa de los derechos ciudadanos, de la democracia, de los derechos humanos y de la Constitución. La incoherencia es evidente: se exige la libertad de presos políticos cuando se está en la oposición, pero al llegar al poder se multiplican las voces silenciadas y las prisiones se llenan de disidentes. Esa doble moral no solo pone en evidencia lo profundamente mal que está la dirigencia política en el mundo, sino también la fragilidad de los ciudadanos que avalan esas prácticas con su silencio o complicidad.
Ejemplos sobran. En Venezuela, un régimen que se proclama revolucionario ha aplicado medidas neoliberales que desmontaron derechos laborales conquistados durante décadas. En Argentina, los sectores que antes se movilizaban contra recortes guardan silencio frente a ajustes aún más severos. En Colombia, quienes criticaban las reformas laborales bajo Duque callan cuando un gobierno progresista impulsa medidas similares. Y en El Salvador, el asfixiamiento de los poderes públicos se justifica en nombre de la eficiencia, aunque no sea distinto de lo que se critica en otros países.
Pero la ausencia de coherencia no es solo política: es, ante todo, ausencia de humanidad. Lo vemos con brutal crudeza en el Medio Oriente, donde durante años se perpetúa una masacre en Palestina que no distingue entre combatientes y civiles, cobrando la vida de miles de inocentes, entre ellos niños y ancianos, bajo la indiferencia o la justificación de quienes deberían alzar la voz. Lo mismo ocurre con la criminalización de los migrantes: en Estados Unidos se caza a latinos, a mexicanos, a venezolanos, se les persigue y se les separa de sus familias como si fueran delincuentes, olvidando que huyen del hambre, de la violencia o de la falta de oportunidades.
Cuando la defensa de los derechos humanos se vuelve selectiva, cuando se condenan los abusos “de los otros” pero se justifican los de “los míos”, no solo se degrada la política, se degrada la condición humana. Y ese doble rasero abre la puerta a autoritarismos, autocracias y dictaduras disfrazadas de democracia, sin importar el signo ideológico con el que se presenten.
De allí la urgencia de fortalecer una ciudadanía consciente, activa y coherente. Una ciudadanía que no renuncie a su deber de contraloría social y política, que sepa exigir siempre, sin excepciones, el respeto a los derechos humanos y a los principios constitucionales que sostienen la vida democrática. Una ciudadanía que se atreva a poner la humanidad por encima de los cálculos partidistas, recordando que la justicia, la dignidad y la vida nunca pueden depender del poder de turno, sino de la vigencia real de los valores universales que nos corresponden como seres humanos.



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