Tapipa Duarte y el arte de saber comunicar: una lección pendiente para la dirigencia del baloncesto venezolano



@EddyTimaure

Este 5 de agosto se han hecho públicas unas declaraciones del presidente de la Federación Venezolana de Baloncesto (FVB) que han generado reacciones en diversos sectores del baloncesto nacional. En ellas, el federativo afirmó que el jugador Tapipa Duarte fue convocado para la selección nacional, pero “no respondió al llamado”.

La afirmación, más allá de su veracidad puntual, coloca nuevamente sobre la mesa la necesidad urgente de un liderazgo federativo que sepa cuándo, cómo y desde dónde comunicar asuntos sensibles. Y más aún cuando se trata de figuras tan representativas como Tapipa Duarte, quien viene de ser el Jugador Más Valioso de la final de la Superliga Profesional de Baloncesto y una de las figuras más consistentes del baloncesto criollo en los últimos años.
Tapipa es, hoy por hoy, un emblema del esfuerzo y la constancia. Su exclusión sistemática de anteriores convocatorias ha sido tema de conversación habitual entre fanáticos, periodistas y conocedores del baloncesto. Por eso, la manera en que se comunica su presunta “no respuesta” a un reciente llamado, lejos de aclarar, abre nuevas grietas.
No era necesario —ni estratégico— exponer públicamente la respuesta de un jugador a un llamado. Bastaba con declarar, con sobriedad y sentido institucional, algo como: “Tapipa Duarte ha sido convocado y esperamos, como con todos los convocados, que se incorpore a los entrenamientos y al proceso de conformación de la selección definitiva”.
Esta respuesta habría bastado para frenar el morbo periodístico, evitar el señalamiento y mantener el foco en lo que realmente importa: la preparación de una selección sólida, comprometida y motivada para representar al país con orgullo.
La dirigencia de una federación nacional no solo debe tomar decisiones técnicas o logísticas. Está llamada a ejercer un liderazgo inteligente, capaz de unir, motivar y crear condiciones para que todos los actores —jugadores, entrenadores, fanáticos, medios— trabajen por un mismo objetivo: el éxito de la selección nacional.
Cuando las palabras de un dirigente fracturan, etiquetan o desmotivan, algo está fallando. No se trata de omitir la verdad, sino de saber conducirla. La prudencia y la diplomacia no son debilidades; son signos de madurez institucional.
El baloncesto venezolano necesita que sus mejores talentos estén donde deben estar: en la cancha, vistiendo los colores de la nación. Y para eso, es necesario un ambiente federativo que convoque con altura, que comunique con criterio y que respete los procesos internos con la discreción que requieren.
Aún estamos a tiempo de aprender esa lección. Porque, como bien lo sabemos quienes seguimos y amamos este deporte, los juegos no se ganan solo en la duela. También se ganan en los despachos, en las declaraciones y en las decisiones que construyen o destruyen el espíritu de equipo.

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