La tiranía del falso positivismo y el miedo a la honestidad emocional.



@EddyTimaure

Vivimos en una época paradójica: se habla constantemente de "autenticidad", pero al mismo tiempo se persigue cualquier emoción que no encaje en el molde de la felicidad perpetua. Muchas personas se autoproclaman honestas, pero en la práctica son rehenes del pensamiento mágico, ese que repite como mantra que "todo pasa por algo", que "lo negativo atrae más negativo" o que "si estás mal, es porque no has trabajado suficiente en tu mente".
Este discurso, aunque bienintencionado, es en el fondo una forma de control emocional. Basta con que alguien exprese tristeza, frustración o cansancio para que una legión de pseudo-gurús, armados de lugares comunes, lo acusen de "vibra baja", lo sermoneen con frases hechas o incluso lo ridiculicen con un "échale ganas" o "Dios lo pone en tu camino por algo". Lo que comienza como un intento de ayuda termina siendo una suerte de bullying espiritual, donde la víctima no solo carga con su dolor, sino también con la culpa de no poder "superarlo" con solo pensarlo.
El problema no es el optimismo, sino su imposición. No es malo buscar el lado positivo de las cosas, pero negar las emociones "incómodas" es negar la propia humanidad. La tristeza, la angustia, la nostalgia y la frustración no son fallas del carácter, sino señales vitales que piden ser escuchadas. Incluso la depresión y la ansiedad, cuando aparecen, no son simples "errores de pensamiento", sino crisis que exigen comprensión y, muchas veces, ayuda profesional.
La solución no está en más frases motivacionales, sino en psicoeducación: enseñar que las emociones no son enemigas, que no hay que "vencerlas" sino transitarlas, y que la verdadera fortaleza no está en fingir que todo está bien, sino en aceptar que, a veces, no lo está. Combatir este fenómeno requiere coraje, porque implica desafiar una cultura que premia la sonrisa forzada y castiga la vulnerabilidad. Pero solo así lograremos un mundo donde la honestidad emocional no sea sinónimo de debilidad, sino de auténtica salud mental.
Porque, al final, todos sentimos. Y quien diga lo contrario, o miente… o no se ha mirado lo suficiente adentro

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