Acerca del cliché "El tiempo de Dios es perfecto".



@EddyTimaure

El ser humano, ante el dolor insondable —la muerte de un inocente, la enfermedad cruel, la injusticia que no cesa— suele recurrir a consuelos prestados. Entre ellos, destaca esa frase hecha: "El tiempo de Dios es perfecto". Una afirmación que, lejos de aliviar, puede convertirse en un insulto disfrazado de piedad.
¿Qué significa, en rigor, que el tiempo de un dios sea perfecto cuando un niño muere de hambre, cuando un pueblo es arrasado por la guerra, o cuando la violencia arrebata a quienes amamos? ¿Dónde reside la perfección en el sufrimiento arbitrario? La frase no solo no responde a estas preguntas: las anula. Es un placebo lingüístico que convierte el horror en misterio y la indignación en resignación.
La trampa del consuelo vacío.
1. Negación de lo real: La muerte, el dolor y la injusticia no son etapas de un plan divino; son hechos brutales que exigen respuestas humanas, no justificaciones sobrenaturales.
2. La falsa piedad: Quien repite este cliché —a menudo con buena intención— rara vez lo aplica a su propio sufrimiento. Se lo ofrece a otros como un sedante, sin notar que, para quien está en el abismo, suena a burla.
3. El privilegio de creer: Solo quien nunca ha visto morir a un ser querido de forma absurda puede permitirse hablar de "perfección" en el tiempo. Para los demás, es un lujo moral inalcanzable.
Alternativas a la irracionalidad vestida de fe.
Si rechazamos la idea de que el dolor tiene un sentido oculto, ¿qué nos queda?
- La solidaridad sin cielo: Ayudar no porque un dios lo ordene, sino porque el sufrimiento ajeno nos interpela.
- La rabia como motor: Indignarse ante lo evitable (el hambre, la violencia) en lugar de santificarlo como "voluntad divina".
- El duelo sin atajos: Aceptar que algunas pérdidas no se superan: se llevan. Como escribió Susan Sontag: "El dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional"... pero solo si no lo convertimos en dogma.
Conclusión: Contra los clichés que adormecen.
No es necesario creer en dioses para reconocer que el tiempo —ese tirano implacable— no es perfecto: es indiferente. Y quizá ahí radique nuestro desafío ético: actuar como si el universo no fuera sordo, aunque sepamos que lo es.
La próxima vez que alguien cite esa frase, valdría responder: "El tiempo no es perfecto; las personas, a veces, sí. Y son ellas —no los dioses— las que alivian el dolor".
Porque lo opuesto a la fe no es el ateísmo: es la lucidez.
¿Te resuena esta perspectiva? La compasión no necesita mitos para ser auténtica.

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