Los Abrazos que el Destino nos Robó: Una Reflexión sobre la Familia Fragmentada.



@EddyTimaure
Hay una foto amarillenta en algún álbum olvidado donde todavía existimos todos:
los tíos contando chistes en la mesa del patio,
las primas riendo en la piscina inflable,
la abuela repartiendo hallacas con manos que ya no están.
Esa foto duele ahora como un país entero que cabía en un solo patio.
Hoy, las mesas navideñas venezolanas son un rompecabezas geográfico:
una hija en Madrid, un hijo en Lima, una hermana en Medellín,
los abuelos solos en Caracas, San Cristóbal o Punto Fijo,
y las sillas vacías que guardan ecos de preguntas sin respuesta:
"¿Cuándo volveremos a estar juntos?"
La migración no es solo cifras - son besos que se dan por WhatsApp,
son cumpleaños celebrados por videollamada con retraso de señal,
es ese instante en un supermercado extranjero cuando alguien pronuncia "malta"
y tu corazón da un vuelco hacia una nevera de infancia que ya no existe.
Mientras, en el mundo, muchos ven al migrante como una amenaza,
no como el médico que salva vidas en Chile,
la enfermera que cuida ancianos en España,
el obrero que construye rascacielos en Panamá.
Gente que carga dos dolores:
el de lo perdido y el de no ser bienvenido.
Pero hay una verdad como un puño:
Ningún ser humano es ilegal.
Nadie abandona su tierra por capricho -
se va cuando la patria se convierte en una jaula
donde los sueños se mueren de hambre.
Esta es mi modesta rebeldía:
Sigo poniendo platos de más en diciembre,
por si acaso el milagro ocurre.
Sigo creyendo que algún día,
cuando Venezuela renazca de sus cenizas,
volveremos a reír alrededor de una mesa
y las lágrimas que caigan ya no serán de dolor,
sino del alivio de haber sobrevivido al exilio.
Hasta entonces, mi humanismo es claro:
Solidaridad con quien huye,
rabia contra quienes destruyeron los lazos familiares,
y confianza inquebrantable en que la justicia social
es el único camino para que ningún abuelo vuelva a morir
sin poder abrazar a sus nietos dispersos por el mundo.
Porque al final, la medida de cualquier sociedad
no está en su PIB, sino en cuántas mesas familiares
pueden reunirse completas los domingos.
¿Tú también guardas fotos de esos encuentros que ahora parecen sueños?
👇🏽 Comparte tu memoria más preciada de aquellos días.

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