La mercantilización de las relaciones humanas.
@EddyTimaure
En una sociedad cada vez más regida por la lógica del intercambio económico, las relaciones interpersonales corren el riesgo de reducirse a transacciones, donde el otro vale no por su humanidad, sino por su capacidad de proveer algo: placer, estatus, seguridad económica o conveniencia. El amor, la amistad y la solidaridad —fundamentos de lo que nos hace seres vinculados— quedan subordinados a un cálculo de costos y beneficios.
Este fenómeno se hace evidente en debates como el de quién debe pagar en una cita. La discusión, en apariencia inocente, revela una dinámica más profunda: la cosificación del vínculo. Si un hombre es tachado de "princeso" por no cubrir el 100% de los gastos, o si una mujer es juzgada por "no aportar lo suficiente", lo que subyace es la idea de que las relaciones son contratos en los que cada parte debe cumplir con una cuota. El afecto se convierte en una moneda de cambio, y el otro, en un medio para un fin.
Pero, ¿dónde queda la reciprocidad auténtica? ¿Dónde el deseo de compartir sin que medie un registro contable? La verdadera intimidad no puede nacer en un espacio donde prima la desconfianza y la exigencia de "equidad" entendida como reparto matemático. Esto no significa negar la importancia de acuerdos justos, sino cuestionar que el valor de una persona se mida por su capacidad de financiar, complacer o servir.
La cosificación de las relaciones no solo las vacía de significado, sino que nos empobrece como sociedad. Cuando solo nos acercamos a quienes pueden "dar algo", perdemos la capacidad de conmovernos, de acompañar sin garantías, de amar sin garantías. Y, en ese proceso, nos alejamos de lo que verdaderamente nos hace humanos: la posibilidad de vincularnos más allá del interés.
Quizá el desafío no sea calcular al centavo quién pone qué, sino recordar que, en el corazón de cualquier relación digna, está el reconocimiento mutuo: ver al otro no como un recurso, sino como un fin en sí mismo.



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