La importancia de permitirse no estar bien.



@EddyTimaure

Vivimos en una época que nos vende la idea de que la felicidad es un estado permanente, una meta alcanzable si seguimos los pasos correctos: pensar en positivo, visualizar el éxito, sonreír ante las adversidades. Pero esta narrativa, impulsada por el hiperindividualismo, los gurús del desarrollo personal y el marketing emocional, no solo es falsa, sino peligrosa. Convierte el malestar en un fracaso personal, en una desviación inaceptable del camino hacia una vida perfecta.
Hoy no estoy bien. Y no hay nada malo en admitirlo. Los días grises, el cansancio, la frustración o la tristeza no son enemigos a exterminar, sino parte inevitable de existir. La felicidad no es una línea recta, sino un vaivén de momentos, algunos luminosos, otros oscuros, muchos intermedios. Pretender lo contrario es agotador: nos obliga a fingir, a esconder lo que sentimos bajo capas de optimismo forzado, hasta que el peso de lo no dicho se vuelve insoportable.
Reconocer que no estamos bien es un acto de honestidad, tanto con nosotros mismos como con los demás. Solo así podemos pedir ayuda, recibir empatía o simplemente permitirnos un respiro sin culpa. La vulnerabilidad no es debilidad; es lo que nos conecta, lo que humaniza. Cuando rompemos el espejismo del positivismo tóxico, dejamos espacio para que las emociones genuinas —todas— existan sin juicio.
La vida no es color de rosa, y está bien que no lo sea. Porque en los claroscuros está la textura real de lo que somos: seres que aprenden, que caen, que se reinventan. La confianza no viene de creer que siempre brillará el sol, sino de saber que, incluso en la tormenta, tenemos recursos para seguir andando. Y que, tarde o temprano, el equilibrio volverá.
Hoy no fue un buen día. Mañana quizá tampoco lo sea. Pero no será eterno. Nada lo es. Ni la pena ni la alegría. Y en esa impermanencia radica la belleza de seguir intentándolo.

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