Crítica sobre el mito de "tener mente positiva"
El mantra de la mente positiva se ha convertido en un cliché vacío, un placebo emocional promovido por gurús de la autoayuda y el capitalismo wellness, que lucran con la idea de que el sufrimiento es solo una cuestión de perspectiva. Esta narrativa, disfrazada de sabiduría ancestral o "ley de atracción", no solo carece de rigor científico, sino que es profundamente cruel: sugiere que el dolor, la frustración o la angustia son fracasos individuales, errores de percepción que podrían corregirse con suficientes afirmaciones positivas.
La realidad es tozuda: no siempre se puede (ni se debe) tener mente positiva. La tristeza, la rabia, el miedo y el desencanto no son fallas de programación, sino respuestas humanas legítimas ante un mundo lleno de injusticias, pérdidas y contradicciones. Quienes predican el positivismo obligatorio suelen hacerlo desde posiciones de privilegio, ignorando que para millones de personas, la vida no es un mindset ajustable, sino una lucha constante contra condiciones materiales adversas.
Peor aún, esta ideología sirve como herramienta de control: si el malestar es culpa tuya por no vibrar alto, entonces las estructuras opresivas quedan exentas de crítica. El trabajador explotado debe ser resiliente; el enfermo, mantener la fe; el pobre, atraer abundancia. Así, el positivismo se vuelve cómplice de la opresión, convirtiendo la opresión sistémica en un problema de actitud individual.
¿Y qué hay de la salud mental? La negación artificial de emociones "negativas" no solo es insostenible, sino patológica. La psicología sabe bien que reprimir el dolor profundiza el daño; que el duelo, la indignación y la duda son necesarios para procesar la experiencia humana. Exigir alegría perpetua es tan absurdo como exigirle a un cuerpo que no sangre cuando lo hieren.
Los gurús del positivismo —esos vendedores de humo metafísico— no quieren que pienses, sino que consumas sus cursos, sus libros, sus coaching. Su mensaje es, en el fondo, anti humano: proponen una felicidad desencarnada, ajena a la realidad concreta. Pero la vida duele, a veces sin remedio, y no hay mantra que cambie eso. La verdadera fortaleza no está en negar el dolor, sino en atravesarlo, cuestionarlo y, a veces, dejarse atravesar por él.
En lugar de pensamientos positivos, quizá necesitemos algo más radical: pensamientos honestos. Aceptar que no todo tiene solución, que algunas heridas no cierran, que la justicia no siempre llega, y aun así resistir. No desde la falsa alegría, sino desde la rabia que moviliza, la tristeza que dignifica y la lucidez que nos impide ser cómplices de nuestro propio engaño.



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