El que quiere puede: ¿Motivación o simplificación peligrosa? Una reflexión crítica sobre un cliché positivista.



La frase "el que quiere puede" es un cliché que, aunque bienintencionado, simplifica en exceso la complejidad de la experiencia humana. En su aparente motivación, oculta una visión reduccionista que ignora las múltiples dimensiones que condicionan la capacidad de las personas para alcanzar sus metas. El ser humano no es solo voluntad; es un ente biopsicosocial, moldeado por su biología, su psicología y su entorno social. Estas dimensiones interactúan de manera compleja, y no todos parten desde el mismo punto ni cuentan con las mismas herramientas.

En el ámbito biológico, las capacidades físicas y cognitivas varían enormemente entre individuos. No todos tienen la misma salud, energía o predisposición genética para enfrentar ciertos desafíos. En el plano psicológico, factores como la resiliencia, la autoestima y la salud mental juegan un papel crucial, y no todos tienen acceso a los recursos necesarios para desarrollarlos plenamente. Socialmente, el entorno en el que nacemos y crecemos —el acceso a educación, oportunidades económicas, redes de apoyo y condiciones de vida— determina en gran medida lo que podemos o no lograr.
La institucionalización de esta frase como un mantra universal puede generar una carga emocional adicional para quienes, a pesar de su esfuerzo, no logran alcanzar sus metas. En lugar de empoderar, puede fomentar sentimientos de frustración, culpa e incluso angustia, al hacer creer que el fracaso es únicamente resultado de una falta de voluntad. Esto no solo es injusto, sino que también invisibiliza las desigualdades estructurales que limitan las oportunidades de muchas personas.
En lugar de repetir este cliché, sería más constructivo reconocer que, si bien la voluntad y el esfuerzo son importantes, no son suficientes por sí solos. Debemos trabajar como sociedad para crear condiciones más equitativas que permitan a todos desarrollar su potencial, al tiempo que validamos las limitaciones y desafíos que cada individuo enfrenta. Solo así podremos construir un discurso motivador que no caiga en la simplificación ni en la culpabilización, sino que abrace la diversidad de experiencias humanas.
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